Carlos entró en la habitación con una calma que no parecía propia para él. De hecho hasta él mismo se sentía como algo artificial.
— Para mí es muy importante tenerte aquí esta noche conmigo. Llevaba tiempo dándole vueltas a la última conversación que tuvimos. — dijo con los ojos húmedos.
Se dio la vuelta, volvió a salir de la habitación, aprovechando un olor a Navidad para colarse dentro y llenar la estancia con su calidez. Antes de poder recordar cuando fue la última vez que ese olor inundó sus pulmones, Carlos volvió a la habitación con cierta ilusión en su mirada.
— Pero antes, he cocinado tu cena favorita. El pavo está en el horno y las patatas están esperando que les eche la salsa de ese queso que huele a pies que tanto te gusta.
Todavía recordaba el verano que fueron a Francia. Se hartó a comer queso, tanto que se pensaba que iba a generar una intolerancia a la lactosa que le destrozaría por dentro. Se encaprichó en un queso que le había sabido a gloria cuando lo probó dentro de una cueva, dónde el dueño le contaba la leyenda de cómo, por accidente, un pastor descubrió la manera de curar aquel queso. Curar, qué curiosa palabra para algo que hace tan mal aspecto; aunque el aspecto era lo único malo en aquel queso. El momento en el que lo probó sintió como la pituitaria le colapsaba, la mente se le quedaba en blanco; sintió como las ovejas pastaban sobre una colina verde al más puro estilo Heidi; sus manos sintieron como ordeñaba a una lanuda oveja blanca; su garganta se estremeció al paso del queso y su estómago le puso una alfombra roja a su llegada; ese queso llegó a su estómago sin que nadie le molestara, como lo que era, un VIC, un Very Important Cheese. No pudo reprimirse a llevarse una buena cuña para casa. A la altura del paso de la frontera les tocó parar a un lado de la carretera, abrir las ventanas y respirar el aire puro de los Pirineos para olvidar el olor putrefacto que inundó todo el coche. Carlos empezó a vomitar como si no hubiera comida nada en buen estado desde el día de su nacimiento.
— No fui del todo sincero la última vez que pudimos mantener una conversación — dijo Carlos sacándola de sus pensamientos —. No soy capaz de aceptar tu decisión, ya que aunque tú no lo sepas, está equivocada. Soy la mejor opción que tienes, y yo creo que te estás empezando a dar cuenta con lo de esta noche. ¿Quién va a poder saber, sino yo, qué es lo que necesitabas cenar? Por cierto, ¿no comes?
Dana le miró, y no pudo evitar llorar. Pensaba que había agotado toda gota que quedaba en su cuerpo hacía ya lo que parecía un tiempo interminable.
— Es cierto, perdona, se me había olvidado. — dijo Carlos acercándose y despegando el esparadrapo que sellaban sus labios, dejando al descubierto su aspecto cuarteado. La rodeó y soltó una de sus manos, atada por detrás a la silla en la que estaba sentada.
— Carlos, por favor, suéltame. Seguro que me están buscando, y este es el primer sitio en el que van a buscarme.
— Tienes razón, van a encontrarte. Pero no va a ser ahora.


Deja un comentario